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“Lo que se escribe es la letra, y la letra no siempre se fabricó de la misma manera.
Al respecto, se hace historia, historia de la escritura y se devanan los sesos imaginando
para qué diablos servirían las pictografías mayas o aztecas y, un poco más atrás,
los guijarros de la Masía de Azil”[1]

Jacques Lacan, Seminario 20

 

Cuenta el Popol Wuj,[2] libro que relata la mitología e historia del pueblo maya k’iche’, la historia de los gemelos Junajpu y Xbalambke y como descendieron a Xibalba, el inframundo, en donde pasaron varias pruebas y mataron a los Señores de la muerte. Enseguida, dice el mito, reivindicaron los nombres de sus padres, su abuela Ixmukane quemó copal frente a la milpa que habían sembrado y después de ascender al cielo uno se convirtió en el Sol y el otro en la Luna. Fue descendiendo a Xibalba que los hermanos se transformaron.

 

Los relatos míticos como este están llenos de transformaciones heroicas y milagrosas. Pero, salvando las distancias, ¿no es acaso el análisis la búsqueda de una especie de transformación que, aunque de una naturaleza muy distinta también supone sus desafíos? Podríamos encontrar aquí una metáfora del coraje que implica pasar por ciertos momentos del análisis, en los que cada uno se adentra en su propio Xibalba, en su inframundo.

Es interesante interrogar la manera en que este relato –el del Popol Wuj en general– llegó a integrarse en la cultura maya: la vía fue primero oral para luego volverse escritura. Como dice S. Colop, “La versión original del Popol Wuj debió de tener una forma como los libros ‘antiguos’, es decir, jeroglífica o pictográfica y esto lo reconocen algunos traductores y estudiosos de aquel manuscrito”.[3] Las pictografías, jeroglíficos y trazos de los pueblos antiguos y del hombre prehistórico, nos han interesado como parte de la historia de la escritura. Las incisiones en objetos, paredes, piedras, tejidos y materiales parecidos al papel han lanzado siempre la pregunta por la representación. Jean-Luc Nancy, al hablar de esta modalidad de inscripciones, en el artículo Pintura en la Gruta afirma que “El hombre comenzó por la extrañeza de su propia humanidad. O por la humanidad de su propia extrañeza. Se presentó en ella: se la presentó o figuró”.[4] De esto, quiero resaltar la extrañeza o lo éxtimo, como lo llamó Jacques-Alain Miller, y con ello la pregunta por lo representable e irrepresentable.

Las inscripciones arriba mencionadas bien podrían servir para una historia de la escritura, pero no para la escritura que nos interesa en psicoanálisis. ¿De qué escritura se trata para nosotros? Como dice el epígrafe de este breve texto: de la escritura de la letra. Pero entendiendo que, precisamente, se trata de escribir lo que no cesa de no escribirse. Es decir, de producir una escritura que, aunque no es sin el significante, pertenece a un terreno heterogéneo. Escritura, por tanto, que no es impresa sino topológica, como lo indica Éric Laurent: “La inscripción sobre el cuerpo no es una inscripción sobre una superficie, como en una impresora. Más bien es una impresión topológica, es un agujero. Es la razón por la cual Lacan habla del impacto del significante sobre el cuerpo”.[5] Este agujero, señalado por su borde, no tiene par. Lo irrepresentable se pone en juego en esta escritura, que está en el corazón mismo de lo que decimos, entre líneas, a diferencia de la escritura de las letras del alfabeto, los jeroglíficos o pictogramas.

Los relatos míticos reintroducen, cada uno a su modo, el dos en la relación sexual. El neurótico tiene su mito, su fantasma, su novela individual –para decirlo con Lacan– que va tejiendo y destejiendo en un análisis. En este, puede ir más allá de lo que se escribe en la fórmula de su fantasma, donde a su modo la dimensión de lo heroico, lo trágico y la relación se inscriben, para poder leer allí algo distinto. Es cierto que hoy vivimos una época en que las sexualidades parecen llevar la marca de la no relación. Pero cada sujeto ha de encontrar el modo de acceder a ella más allá de lo imaginario, atravesando los modos de suplencia que, a pesar de todo, cada uno inventa. Del mito, en este caso individual, a la estructura y de allí a lo real, a través de la letra del síntoma de cada uno.

 

Claudia González
Miembro de la NEL y de la ELP

 


 

[1] Lacan, J., El Seminario, libro 20, Aún, Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 60.

[2] Libro que contiene la mitología e historia del pueblo maya k’iche’. De la tradición oral fue transcrito al k’iche’, su lengua, una de las 24 oficiales en Guatemala y luego, traducido al español.

[3] Colop, S (trad.)., Popol Wuj, F&G Editores, Biblioteca Guatemala, 2011, p. XVII.

[4] Nancy, J-L., Las Musas, Buenos Aires, Amorrortu, 2008, p. 101.

[5] Laurent, É., “El Uno solo”, Freudiana, no. 83, 2018, p. 85.