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En un capítulo del Seminario El partenaire-síntoma, donde Jacques-Alain Miller avanza sobre lo que él denomina una repartición sexual entre los sexos, no deja de hacer referencia al episodio de la vida infantil donde se presenta la comparación imaginaria de los cuerpos, de donde surge para Freud el descubrimiento de la castración del Otro por parte del niño.

J.-A. Miller puntualiza al respecto lo siguiente:

“La percepción de los órganos genitales del otro tiene siempre un carácter especial y se inscribe de una manera que para muchos sujetos mantiene su carácter primario indeleble. Cuando se vuelve a ella en el análisis, se trata con frecuencia de un episodio que está rodeado  de cierto halo de fascinación, incluso de terror, ya se trate para los dos sexos de darse cuenta de que la madre está castrada, o especialmente para el varón, de notar el tamaño superior del órgano paterno; ya sea para la niña darse cuenta del privilegio del varón, con las consecuencias que pueden resultar y que no son lógicamente deducibles,……” [1].

En una clara alusión al texto de Sigmund Freud de 1925, “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”, J.-A. Miller señala a continuación que a partir de esta experiencia primordial el hombre “puede ser pensado como completo, mientras que el otro sexo aparece como marcado por una irremediable incompletud” [2], de donde procedería el lugar común que hace de la mujer el ser inferior, el ser privado y a la vez poco confiable de la cultura. Este episodio de la vida infantil, agrega J.-A. Miller, y siguiendo la vía de Freud, marcaría el principio de la degradación del ser femenino.

En el Seminario del año inmediatamente anterior, El Otro que no existe y sus comités de ética, Éric Laurent puntualiza que el texto de 1925 le permite a Freud reordenar toda la oposición del comportamiento de los dos sexos, empezando por lo que concierne a la castración, para finalizar con la repartición del superyó, con las distintas posiciones del estatuto del superyó, según los sexos.

Como bien se sabe, señala E. Laurent, “Freud distribuye los dos sexos por el quiasma de los complejos de Edipo y castración…El complejo de castración hace caducar el complejo de Edipo del niño y lo vuelve posible para la niña” [3]. Pero en 1932, en la Conferencia sobre “La feminidad”, Freud acentuó que “mientras que en el niño el complejo de castración destruye el Edipo, la niña sigue en él durante un período indeterminado” [4]. La formación del superyó sufre por estas circunstancias y nunca llega a ser tan impersonal como en el caso del varón. De ahí que la crítica haya enrostrado a las mujeres un menor sentido de justicia y una menor inclinación a someterse a las grandes necesidades de la vida.

Sin embargo, en los comentarios que realizan J.-A. Miller y E. Laurent en torno a la época del Otro que no existe, manifiestan que las mujeres son más sensibles al significante del Otro que no existe, a lo que queda del Otro cuando no hay ideal y que “sus intereses sociales son más débiles cuando se trata del ideal, con el cual tienen menos relación que el hombre” [5]. Las mujeres serían por tanto más sensibles al estado actual del Otro de la civilización: más cercanas a lo real, más lejanas del ideal. Ello les posibilitaría saber mantener una orientación cuando todo el mundo está loco o muy perdido ante el malestar actual de la civilización, que parece más compatible con la lógica del no todo, constitutiva de su existencia.

No deja de llamar la atención que a lo largo del anterior recorrido se haga referencia de manera reiterada a la existencia de dos sexos. Con la proliferación de las prácticas sexuales en la actualidad, que el discurso del género busca amparar, se puede leer que se pretende socavar la función de la diferencia sexual y elevar la diversidad de los modos de goce a pequeños número de sexos; pasar de la díada sexual a una multiplicidad de identidades de género, tantas como las prácticas sexuales posibiliten. ¿Se podrán sustituir entonces los grandes fenómenos estructurales como el Edipo y la castración por los traumas sociales o por las construcciones sociales que postula el discurso de género? [6]. Esta es una pregunta que bien vale la pena retomar al interior de nuestras próximas Jornadas, a realizarse el próximo mes de octubre, en la ciudad de Guatemala.

María Isabel Uribe
Sección NELcf-Medellín


[1] Miller, Jacques-Alain. El partenaire-síntoma. Paidós, Buenos Aires, 2008, pp. 280-281.

[2] Ibíd., p. 281.

[3] Miller, Jacques-Alain. El Otro que no existe y sus comités de ética. Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 95.

[4] Ibíd., p. 104.

[5] Ibíd., p. 108.

[6] Miller, Jacques-Alain. Entrevista sobre “El sexo de los modernos”. Lacan Cotidiano N° 927, París, 31.03.2021.