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Adolfo  Ruiz

Si para el logro de una posición masculina, así como para la apropiación y uso de los semblantes el varón púber depende de la manera como realice la falta en el Otro (es decir, la castración, la pérdida de goce), hecho que incidirá también en el valor de goce que como hombre le confiere al objeto femenino, hay que ver también la manera como su singularidad resuena en las características de la época.

Cuando hay dificultades en esa sustracción de goce, el púber encontrará obstáculos caracterizados por una presencia predominante del falo. Algunos de estos púberes son los que encontramos con dificultades importantes en la regulación de sí mismos y de su relación con los otros.

Esta situación afectará, de manera decidida, su relación con la mujer. Dice Lacan en Aun: “…para el hombre, a menos que haya castración, es decir, algo que dice que no a la función fálica, no existe ninguna posibilidad de que goce del cuerpo de la mujer, en otras palabras, de que haga el amor”.[1]

Aunque no es una referencia recurrente, en los Seminarios 4, 10 y 20 Lacan se ocupó de la figura de Don Juan, de su mito y del fenómeno del donjuanismo.

En el mundo de hoy, no muy interesado en las aventuras galantes y más dado al acoso y al empuje por derribar los semblantes masculinos, las máscaras y los ropajes con los que han de vestirse los hombres para sostener su llamada “virilidad”, su “género” masculino y singular para salir al encuentro del Otro sexo, el mito de Don Juan parece, no obstante, resistir.

Entre las múltiples transformaciones que ha soportado y la variedad de versiones existentes, Lacan considera que la cumbre del personaje es alcanzada en el “Don Giovanni” de Mozart.

Don Juan es un personaje que se ve arrastrado en una búsqueda obsesionada, la búsqueda incesante no de una mujer, sino de La mujer, a la que no encuentra. La empresa, sabemos, termina conduciéndolo a la muerte.

Don Juan ha sido considerado tradicionalmente como un mito de lo masculino, en la medida en que mostraría una faceta de lo que es la experiencia del hombre tanto en lo que hace al sentimiento amoroso, como en lo relativo al impulso de seducción y conquista, encaminados siempre a la decepción. Ha llegado a ser un mito universal, por su intento de explicar lo inexplicable de lo inalcanzable del amor y del deseo, hasta “allí donde Don Juan acaba quebrándose y encuentra la culminación de su destino” según lo expresa Lacan.

En su referencia al personaje, Lacan introduce distintas puntualizaciones y cambia el sentido del mito, llevándolo del lado masculino (el hombre conquistador de más de ‘mil y tres mujeres’), al lado femenino, esto es, Don Juan como “un sueño femenino”.[2]

En la primera lección del seminario Aun, el tema es retomado en la vertiente del goce, y Lacan apunta a un elemento específico: el hecho de que Don Juan elabore una lista de las mujeres que ha conquistado. Dice: “desde el momento en que hay nombres, se puede hacer una lista de las mujeres, y contarlas”.[3] En la trama de la ópera de Mozart, la lista es elaborada por el criado de Don Juan, quien en cierto momento se la revela a Elvira, una de las 3 mujeres que aparecen en la obra (las otras son Anna y Zerlina). Elvira se presenta como desengañada por el abandono del amante, pero en su afán de hacerlo caer en la desdicha, de interrumpir sus amoríos, revela su afán de volver a conquistarlo. Dice Leporello, el criado de Don Juan: “En Italia son 140, en Alemania 231, en Francia 100, en Turquía 91, pero en España ¡son ya 1003! Campesinas, nobles, burguesas, condesas, baronesas, princesas, mujeres de todo rango y clase… ¿Cómo lo hace? Bueno, eso ya lo sabéis…”

Aunque Leporello le reprocha a Don Juan por la vida que lleva, este no entiende por qué debe abandonar su incesante búsqueda de las mujeres. Su obsesión amatoria es un fin en sí misma, y todo su orgullo se cifra en conseguirlas, en incluirlas en la “lista” y en seguir buscándolas.

En el siglo XXI

Frankie es un adolescente inglés de 18 años, que participó en la versión inglesa del show “El factor X”. De entrada, esta referencia coloca en escena uno de los sesgos y de los elementos que marcan las relaciones de los jóvenes de nuestra época: la mostración mediática, en este caso, en la tv.

Entrevistado antes de su primera audición acerca de lo que lo ha llevado a participar en este show, su respuesta es clara: lo que le interesa son las chicas que puede conocer. Dice que más allá del dinero, son las chicas lo que le interesa. Afirma que quiere ser “enorme”, y reconoce que tiene una gran confianza en sí mismo, pero sabe que debe conquistar el favor de los jurados del concurso, 2 hombres y 2 mujeres, estas de 21 y 30 años.

Una vez que sale al escenario, cuando le preguntan de nuevo acerca de qué es lo más importante para él en ese concurso, su respuesta es consistente: “Quiero conseguir montones de chicas”. La entrevista avanza y Frankie comenta que estuvo trabajando durante el verano en la isla de Creta, y que regresó a casa con los nombres de 7 chicas tatuadas en su trasero. Cuando una de las mujeres del jurado se dirige a él para preguntarle sobre lo que acaba de decir (que tiene los nombres de 7 chicas tatuados en su trasero), y le dice que no le cree, el chico simplemente gira sobre sí mismo, se baja los pantalones y muestra al jurado, al público y al mundo, la lista en su trasero, lo que provoca la hilaridad y el deleite de los jurados y el público. La otra mujer del jurado (una moderna Zerlina), se declara inmediatamente enamorada, seducida por la actitud del joven. Si lo aprueban, ¿pondría los nombres de las jurados en su trasero?, le pregunta. “Si pagan por ello”, responde el chico.

Para su presentación en el show, Frankie cantó una canción llamada “Valerie”. No podía ser otra su elección. Esta canción, la súplica de un hombre abandonado, dice en sus primeros versos: “Desde que regresé a casa, mi cuerpo es un desastre, extraño tu cabello rojo y tu forma de vestir. ¿No vas a regresar? No me sigas engañando ¿Por qué no regresas, Valerie?

En los comentarios posteriores a su actuación, la mujer del jurado que antes se declaró enamorada del chico, se reitera, revelando que se siente atraída por los chicos malos, y al volver a referirse a lo encantadora que le parece la lista, hace un lapsus: dice que tiene 8 nombres; Frankie la corrige con un gesto casi infantil, mostrando con sus dedos que son 7. Ella asume lo suyo y dice que ella puede ser la octava y que pagará por ello. Al salir de la audición, Frankie les dice a sus padres -que lo han acompañado a la audición- que va a añadir los nombres de las mujeres del jurado a su lista de tatuajes y que “las tendré en mi trasero por el resto de mi vida”.

Si la lista es un punto central señalado por Lacan con respecto de Don Juan, en tanto refleja que las cuenta y las ama una por una, Frankie y su lista nos ofrecen ciertas singularidades. Por poco caso que le haga Don Juan, Leporello encarna cierta versión del Otro que trata de introducir un límite, y si le revela a Elvira la lista de las conquistas de Don Juan, es con la intención de poner un alto a esta serie. Frankie usa para su lista su propio cuerpo, algo muy de la época. No hay la otredad que representa Leporello. Es el Uno-solo y no hay límite por esta vía. Colecciona a las mujeres en su cuerpo, de manera autoerótica, y en una parte de este que vehiculiza una desvalorización del objeto. Al listarlas, no las cuenta una por una; simplemente las acumula. De alguna manera me evoca el grafiti que vi hace unos años en el muro de una escuela en Buenos Aires: “Una novia es un amigo con tetas”. La revelación de la lista se ubica también, en este chico, en otra lógica, buscando (y consiguiendo de manera inmediata), otra más para su colección y para su trasero. Una cierta carcaza de Don Juan, pero no un Don Juan.

Aunque estamos habituados a hablar de la mascarada histérica, para nada se puede considerar la estrategia del recurso al semblante como algo restringido y propio solo de las mujeres. A lo largo del tiempo, los hombres se han mostrado cautivados y seducidos por los semblantes. Lo que la situación de este adolescente nos permite ver -porque da a ver- es que el semblante funciona en tanto que una suplencia, una máscara con función de velo. ¿Para qué? Para hacer ver que hay; es la forma que tiene este varón adolescente de hacerse ver en el encuentro con el otro, de hacer ver que hay, cuando en realidad tampoco hay.

Los avatares del encuentro y las respuestas de los adolescentes varones al real que emerge, que despierta y que empuja al encuentro de los cuerpos, configurando sexualidades diversas a partir de poder hacer o no, cada uno, con la roca de la castración, es algo de lo que tendremos ocasión de ocuparnos también en nuestras próximas Jornadas.


NOTAS

[1] Lacan, J., El Seminario, libro 20, Aun. Paidós, Buenos Aires, 2001, p. 88

[2] Lacan, J., El Seminario, libro 10, La Angustia. Paidós, Buenos Aires, 2006 p. 209

[3] Lacan, J., El Seminario, libro 20, Aun. Op. cit., p. 18.