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Me he encontrado con varios casos de adolescentes que se presentan como trans a-sexual, o hacen el pasaje a hombre trans, mujer trans y cuyo tema central es la relación al cuerpo tomado por un goce que los habita, difícil de tratar y que los empuja a pasajes al acto frecuentes. Una relación corporal que pasa por la extrañeza, el rechazo, especialmente de los caracteres sexuales cuando emergen como irrupción. Algunos con un ideal de la imagen corporal que quieren obtener con o sin cirugías, pero al avanzar en la transición y encontrarse más cerca a la imagen idealizada lo que se verifica es que la transición al otro sexo no resuelve la cuestión sexual. Hace falta poder tratar la posición sexuada más allá del género.

En algunos casos es posible ubicar esta relación corporal más del lado del velo fálico en que al igual que la histeria puede intentar corregir lo real que vela con cirugías, hay otros casos en los que es posible identificar algo forclusivo, en el anudamiento corporal, sin que se trate propiamente de una psicosis, aunque las hay. Esto se revela en el momento de irrupción de lo sexual y el encuentro con Otro goce. Encuentro con el núcleo real traumático que ni los nombres tradicionales, ni los nombres modernos alcanzan a recubrir, pero puestos al uso, cada parlêtre intenta servirse de ellos en su arreglo singular.

Voy a tomar un fragmento del caso de Yana: “habla de su imposibilidad de aceptar su cuerpo, especialmente, sus senos. A los 17 años, una «verdadera catástrofe» se produjo: llega su menstruación y sus senos comienzan a crecer. Yana confiesa que, hasta ese momento, no se había hecho preguntas sobre el sexo, no había siquiera pensado en la diferencia de los sexos, y no se había ubicado en uno de ellos. En el fondo esta era la catástrofe: lo real del cuerpo develaba su imposibilidad para apropiarse de su sexo. Ella había buscado respuestas a su incomprensión, a su sentimiento de ser un «freak», junto a comunidades feministas y LGBT en internet. A veces ella hallaba respuestas que le aportaban un cierto alivio: misoginia, a-sexualidad, transgénero, pero siempre insuficientes, nunca duraban demasiado tiempo. Para hacer con lo real del cuerpo, Yana vendaba su pecho al punto de marcar su cuerpo de hematomas”[i].

No obstante, a la pregunta por cómo hacer de partenaire para estos sujetos que tratan de hacerse a un cuerpo, a la vez que un arreglo ante el encuentro con ese goce siempre extraño al parlêtre, hay que contar con esos fenómenos de cuerpo y acontecimientos de goce como clave de lectura, partiendo de que la relación corporal es lo que si hay. Sigo a Miller cuando dice: “El cuerpo es la única consistencia del parlêtre, es lo que lo mantiene unido. Esto significa que lo simbólico no da al parlêtre su mantenerse unido, no se lo da como discurso universal precisamente porque el discurso universal es común, transindividual […] esta consistencia se basa en una relación del parlêtre con su cuerpo. Hay aquí una relación, la relación que Lacan perdió en el nivel sexual, la relación cuya inexistencia en el nivel de lo sexual formuló, reaparece en el nivel corporal”[ii]

Se trata, tal vez, de ser dócil a lo trans puede pensarse del lado de los intentos de arreglo, ambiguos por momentos, pero que pueden ayudar a ubicar la escritura del goce extraño al parlêtre para producir una lectura posible y el arreglo del cuerpo con la sexuación, goce fuera de género.

Eugenia Flórez
NEL – Medellín


[i] Metreveli, Igna, Yana y su cuerpo, en:L-C929 recuperado de: https://www.wapol.org/es/global/Lacan-Quotidien/LQ-929-BAT.pdf

[ii] Miller, J-A., La relación corporal en: Piezas sueltas, Buenos Aires, Paidós, 2013, pág. 417