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En la Alocución sobre la psicosis del niño de 1967, Lacan interpela a su auditorio poniendo en duda que los psicoanalistas estén a la altura de lo que la subversión freudiana los convoca a sostener, el ser-para-el sexo, es decir, el relieve otorgado al goce en la experiencia humana. La provocación reincide en otros textos como la Conferencia en Ginebra sobre el síntoma (1975), donde ubica al inconsciente no solo como saber no sabido, sino como saber que aporta satisfacciones. No es casual que el recordatorio se realice en ocasión de un congreso sobre niños y en una conferencia donde se refiere al caso Hans, paradigmático de las experiencias sexuales en la infancia. Pero tampoco es fortuito que Lacan sacuda a los practicantes y concluya con el problema de la sexualidad que, como subraya Freud, debemos entender en un sentido amplio y, como indica él mismo, se trataría más bien de una no relación. Ciertamente los asuntos de la sexualidad se nos escapan y en los conceptos para abordarlos hay puntos de fuga que incitan constantes elaboraciones. Tal vez por ello los psicoanalistas de ayer y hoy nos defendemos de los embates de la imposible relación y evadimos lo que causa el deseo de ocupar un lugar en la dirección de las curas.

Freud otorgó a la sexualidad infantil un lugar capital y demostró que los síntomas de los adultos se relacionan con experiencias ocurridas en etapas precoces de la vida. Subrayó que los niños están interesados en lo que pasa en su cuerpo, en el de sus semejantes, el de los padres, y que la característica de la vida sexual infantil es el autoerotismo, en el sentido de que el objeto se encuentra en su propio cuerpo y no en otra persona. Lacan se servirá de esta afirmación para problematizar qué es un cuerpo, si es algo que le pertenece al individuo o una instancia extraña, sobre todo cuando lo sexual se manifiesta en múltiples exteriorizaciones. Se apoyará en el historial de Hans para mostrar que, si bien la imagen del cuerpo cumple una función nodal en la constitución del sujeto, el niño no tiene idea de lo que pasa en ese armazón. Dirá que el “hace pipí” se ha metido en su circuito libidinal y que no se trata del órgano sino del significante que designa lo que le sucede, de la manera en que el lenguaje se ha instilado y lo ha calado. Entonces la fobia a los caballos es un aparato imaginario simbólico mediante el cual el sujeto puede poner afuera, lejos de sí, aquello que lo inquieta y lo paraliza. Así, ese cuerpo que se agita es lo más heterogéneo en el sentido de extraño para el que habla, pero también en el sentido de su equipamiento con las palabras y la mirada del Otro, con el hecho de tener “cierta madre y cierto padre” y de formar parte de una sociedad y un tiempo histórico.

Las Jornadas de la NEL se desarrollan en un momento decisivo dado que los discursos social y legal abren nuevos debates en torno a los modos de nombrar el dislocado ser-para-el-sexo. Así, en medio del revuelo contemporáneo vale la pena no olvidar lo que permanece constante: el síntoma que se esfuerza por designar los fenómenos que ocurren en un cuerpo que a veces nos pertenece y otras se nos escapa. Situar el estatuto y el peso de la palabra de las niñas y niños que llegan a nuestro consultorio, analizar sus conexiones con la realidad sexual, es la tarea que estamos llamados a sostener.

Paula Del Cioppo
NEL – Cd México


Referencias

Lacan, Jacques (2012), Alocución sobre la psicosis del niño. En: Lacan, Jacques (2012), Otros escritos, Buenos Aires: Paidós

Lacan, Jacques (1988), Conferencia en Ginebra sobre el síntoma. En: Intervenciones y textos II, Buenos Aires: Manantial