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Lacan interroga a sus asistentes, pregunta si estarían a la altura de aquello a lo que parecía que eran llamados a sostener por la subversión freudiana: “El ser-para-el-sexo”.

Percibe a los analistas no suficientemente valientes como para sostener esa posición, tampoco lo suficientemente alegres.

Insiste, lo que instituye la entrada en el psicoanálisis proviene de la dificultad del “ser-para-el- sexo”, pero su salida no sería otra cosa que una reforma de la ética en la que se constituye el sujeto.1

“…o peor”, anuncia: Que al comienzo estén el hombre y la mujer es ante todo un asunto de lenguaje, el sexo es un decir, el sexo no depende ni de la imagen, ni del cuerpo, ni de la anatomía, ni del género.

Hoy en día, el binario mujer/hombre se derrumba, abatido por la progresión de los recientes movimientos de opinión que hacen estallar la deducción de la diferencia sexual pluralizando las categorías de género: LGBTQI+.

Es preciso decir que el género es efecto del lazo social y del poder, no es asunto de naturaleza, éste, está ligado a la expresión gramatical; los llamados-hombres, las llamadas-mujeres, los llamados-gays, las llamadas-lesbianas, etc.

Si nos referimos a Freud y en la bipartición que opera en la constitución subjetiva entre identificaciones por un lado y la elección de objeto, por otra, cernimos que el género es del orden de la identificación a los significantes amos y no se basa en un modo de goce.

Siguiendo a M.H. Brousse, se puede plantear que el discurso analítico es a-género, sin género pero no sin objeto a, lo que indica que el fantasma es la clave del goce sexual en los seres hablantes, este goce es un acontecimiento de cuerpo, localizado en las zonas erógenas. Con compañero (s) o no, es fundamentalmente autoerótico y confirma que no hay relación sexual. Es un goce experimentado por todos los géneros.

Del lado llamado masculino de la sexuación es donde se ubican todos los cuerpos hablantes, los hombres en el sentido de los seres humanos, todos los seres vivos que hablan caen por ello bajo el dominio de la función de la castración. Hay ahí un goce que responde al no y al Nombre-del-Padre. Es edípico, en tanto que primero debe estar prohibido para que pueda ser permitido. La función de castración frecuentemente imaginarizada por la confusión del falo con el pene, se define estrictamente como función del lenguaje. Este conjunto responde al universal de la castración, que se define como la pérdida de goce en el cuerpo que implica el lenguaje, con él, la palabra y el discurso. Ahí el goce se reduce al dispositivo de lenguaje del fantasma.

Del lado femenino de la sexuación, un goce Otro, JA/, convirtiéndose de forma aleatoria en suplemento del goce fálico, indicando que a todo ser que habla le está permitido inscribirse en esta parte. Por tanto, ni el género ni la anatomía tienen pertinencia aquí.2

En el sexo no hay nada más que, el ser del color, lo que sugiere en sí que puede haber mujer color de hombre u hombre color de mujer.3

Ante este panorama, el propio cuerpo es aquí el lugar del Otro desde el que se plantea la pregunta nada cómoda para nadie: ¿Cómo habito en mi cuerpo? ¿Cómo soy habitado por su forma de gozar?4

Cuando la salida que se le impone es la quirúrgica u hormonal, será importante los interlocutores con los que se encuentre, los practicantes que se presenten. Hoy en día no faltan los psi a los que les encanta hacer empujes-al-crimen, incluso cuando se trata de niños muy pequeños.5

Mayra de Hanze
Nel-Guayaquil


Notas

1-Jacques Lacan. Alocución sobre la psicosis en el niño, Otros escritos, Paidós, Bs As, 2012

2-M.H. Brousse. Modo de gozar en femenino, Grama, París, 2020

3-Jacques Lacan.  Seminario 23, Joyce el sinthome, Paidós, Bs As, 2006

4-Miquel Bassols. La diferencia de los sexos, Grama, Argentina, 2021

5-J.A. Miller. El sexo de los modernos, París, 31.03.2021