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Marita Hamann
NEL-Lima

El pedófilo puede presentarse como aquel que desea liberar al niño desencadenando un florecimiento que le permita soltarse del yugo paterno. Suele tratarse de un juez, un cura o un profesor (o un entrenador), indica F. Regnault[i]: es la otra cara del pedagogo, justificación que, sin embargo, no casualmente mantiene en secreto. “Liberar el placer del niño” era la consigna del movimiento político pedófilo que actuaba abiertamente en Francia en los años ’70.   Él es un rival oculto de los padres, quiere volverse insustituible apartando activamente a su elegido de la familia y de sus pares. Su motivación es perversa en el sentido de que el sujeto actúa bajo el desmentido de la castración; se yergue como aquel que verdaderamente sabría sobre la voluntad de goce del Otro, un detentor de la clave del mundo que compartiría con sus designados, como ocurre en las sectas.

Una clave de la atracción que ejercen los menores reside en la ambigüedad sexual del niño, una suerte de ángel que, en la medida misma de su inocencia, evoca la completud; él o la niña serían portadores de una supuesta sexualidad natural, todavía exonerada de la exigencia de la elección sexual. Pero, también, como revela el análisis que de A. Gide retoma Miller[ii], puede tratarse de la problemática del falo muerto: el niño que Gide fue pudo ser amado, pero no deseado. Es el niño que no ha representado para su madre el falo que la divide según la Ley del deseo. Así, Gide consigue encontrarse como niño deseado en los niños que persigue, según las coordenadas en las que por primera vez fue objeto de los avances sexuales de la tía. Pero no siempre esta condición de falo muerto se expresa en la pedofilia clásica. Para cierto sujeto, que soñaba con participar en orgías con su padre, quien era un hombre particularmente apático, seducir a sujetos mayores, desconocidos, haciéndose pasar por un joven inocente y menor de edad inclusive, constituía una poderosa fuente de goce.

Por otra parte, haber obtenido el consentimiento del menor suele ser el alegato más común[iii], cuando no aduce haber sido él, por el contrario, el objeto de la seducción del menor, interpretación que hiere doblemente a quien padece este mal encuentro.

En un sugerente texto, S. André[iv] considera conveniente distinguir al pedófilo típico del violador, quien intenta probar que el goce sexual puede prescindir del deseo. En el incesto, el fundamento reside en el rechazo de la paternidad, -y, en el del padrastro, bien pudiera tratase de la rivalidad oscura respecto al padre biológico-.

Esto nos introduce de lleno en la problemática del consentimiento y del silencio que rodea al abuso. El sexo carece de representación, es lo que Freud ya había situado como “laguna psíquica” en los inicios del tratamiento de la histeria, la matriz de la neurosis. De allí que el encuentro con lo sexual, siempre perturbador, se acompañe por lo general de la parálisis subjetiva: el acontecimiento es soportado pasivamente por el sujeto, que carece espontáneamente de alguna representación que le permita situarse como sujeto de la experiencia. El silencio, entonces, le es inherente mientras el sentido sexual no advenga, vinculando a posteriori el acontecimiento con algún discurso acerca del amor, el deseo y el goce que ofrezca marco y límite.

Pero, además, el abuso sexual puede ser vivido con culpa y vergüenza cuando el sujeto cree que su silencio lo o la hicieron cómplice. Como señala Ph. de Georges[v], el miedo a perder el amor del Otro o la importancia que le confiere a su cuidado suscitan la angustia mayor. R fue seducida por su padrastro a los 8 años; en un primer tiempo, accedió a los avances por sentir que de ese modo sería admitida en la nueva familia. Incidentalmente, una vecina le comentó que la relación entre niñas y padres era delito; el terror la apartó, pero jamás comentó a su madre lo sucedido por temor de no ser creída y acabar expulsada, siendo que el acoso y su huida persistieron. La duda acerca de si ella habría querido seducir al padrastro, si habría sentido algún placer inicial por ese interés, la llenaban de culpa y tristeza. La inhibición y la angustia caracterizaron sus días hasta entrada la adultez, cuando acudió al tratamiento. Vale decir: puede haber silencio, pero síntomas, siempre hay.

Ceder no es consentir; el consentimiento entraña que el sujeto alcance cierta libertad para amar y desear, pero no deja de ser un asunto complejo. Finalmente, que haya habido consentimiento somático tampoco indica, de modo alguno, que el consentimiento subjetivo haya sido otorgado.


[i] Regnault, F., « Laissez-les grandir ! Sur les arguments des pédophiles militants », La Cause du Désir, n° 105, 2020/2, p. 8-12.

[ii] Miller J.-A., « Sur le Gide de Lacan », La Cause freudienne, n° 25, septembre 1993, p. 7-38.

[iii] Regnault, F. Ibid.

[iv] André, S., «La significación de la pedofilia», Conferencia en Lausanne, 1999, https://es.scribd.com/document/139668128/La-Significacion-de-La-Pedofilia-Serge-Andre

[v] De Georges, Ph., « Emprise et consentement », 3 juillet 2020, https://www.attentatsexuel.com/emprise-et-consentement/