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En tres ensayos, titulados “Aportaciones a la vida erótica”, Freud cuenta algunos dramas de la vida pasional del varón, los enredos que suscitan sus condiciones eróticas. Pero en realidad, nos habla de la imposibilidad del encuentro armónico entre los sexos. Y como núcleo gravitacional de dicha imposibilidad ubica, veladamente, a la figura opaca de la mujer.

Sobre un tipo especial de elección de objeto en el hombre”, aísla aquella elección masculina en la que el objeto de amor conjuga rasgos de la madre y de la prostituta: la mujer debe, o bien   pertenecerle a otro hombre, o bien -condición que no se encuentra sin la primera-, ser una mujer ligera. Freud realiza un desciframiento edípico. El padre, poseedor de la madre, es el tercero a perjudicar. La Dirne evoca a la madre que goza sexualmente, y a la que el niño considera, por ello, infiel.

Desde la lógica fálica, según indica Miller (1989), encontramos una disyunción entre significante y goce. Por el lado del significante: “La mujer le pertenece al Otro”; quien la posee tan sólo ocupa el lugar simbólico del que detenta un tener. Por el lado del goce: la Dirne, al ser potencialmente la mujer de todos, deviene “no-toda” para el sujeto. Su goce escapa a la captura de lo simbólico tornándola así estructuralmente infiel.

La segunda contribución: “Sobre la degradación general de la vida erótica.”, introduce el juicio de valor; el hombre desdobla a la mujer en dos vertientes opuestas: el rebajamiento y la sobreestimación. Aparece el clivaje del objeto, y con él, la divergencia entre la corriente amorosa y la sensual.

En “La significación del falo”, Lacan desarrolla la disyunción entre el amor y el deseo que opera en la posición masculina. El hombre, al desplazarse hacia el amor, escribe al Otro que da lo que no tiene, que ofrece el don simbólico y evanescente del amor. Se produce una cesión del objeto del deseo fundada en la castración. Y para reencontrar la posición viril que pone en suspenso cuando ama, el hombre hace surgir la erección del falo en otra silueta, en otra mujer identificada al significante del deseo, la virgen o la puta.

Aunque de manera limitada y tonta, en estas dos contribuciones, el abordaje de la mujer no deja de ser un intento de preservar su alteridad. “La mujer del Otro” es una forma de tomarla como Otra, y la Dirne encarna la alteridad bajo la forma de la infidelidad. Como debe ser “no-toda” para poder ser reconocida como mujer, la Dirne sufre una difamación; se la dice mujer, pero se la dice mal. El impasse estriba en que la mujer termina siempre siendo ubicada desde el fantasma fálico masculino. El valor sexual de ella se cifra con la tipografía del falo, que la excluye como otredad que escapa al sentido, y más bien, la reduce a una mueca significante, a un fetiche.

Pero, en el “El tabú de la virginidad”, Freud des-sustancializa a la mujer. No le otorga identidad alguna, y la erige en tabú dado que “… es muy diferente al hombre, mostrándose siempre incomprensible, enigmática, singular, y por todo ello, enemiga”[1]. La mujer finalmente se revela como lo Otro, lo heterogéneo, lo no semejante. El horror que, en el hombre, suscitaría su furia una vez que el primer coito actualiza el penisneid, es el atisbo de un goce Otro, que raya con el desenfreno, que excede los límites de las referencias fálicas.

Freud realiza un importante deslizamiento en relación al estatuto de la mujer: de situarla, primero, aprehendida por las condiciones eróticas que impone la dialéctica del falo, se acerca, al final, a la idea de que lo propiamente femenino escapa a éstas. Lo dijo, pese sí mismo, pues sabemos que siempre la preservó como un enigma pendiente de descifrar.

Yovana Pérez
NEL-Lima


Referencias:

Miller, J-A (1989) “Lógicas de la vida amorosa.” Manatial. Bs As, Argentina.

Lacan, J (1958) “La significación del falo.” Siglo veintiuno editores, D.F. México.

[1] Freud, S (1986) “El tabú de la virginidad”. Ed. Biblioteca Nueva, Madrid 1948, p. 969.