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¿Qué coordenadas para el fetichismo en la época?

En su reciente conferencia para el X ENAPOL, Christiane Alberti situaba el alineamiento del orden erótico con el económico y cómo los imperativos del hiperconsumo -fascinación por el objeto y cotización mercantil del mismo- tienden a generalizar la forma fetichista del amor. En el seminario 16, Lacan llama a la moneda el “fetiche por excelencia”.[1]

Todos reducidos a cifras de intercambio, monetizados y cotizados en el mercado, podría ser un modo de situar la forma-fetiche actual. Pero aquí hay un punto a pensar. Lacan -a propósito de lo anaclítico en el mismo seminario- señala que allí hay un juego del objeto, el juego del a, “a nivel de la estructura fundamental de la perversión”, donde se busca el estatuto colmado del Otro, “el a juega como máscara de esa estructura del Otro”.[2] Ya sabemos, con Freud, que el fetiche es el sustituto del falo de la madre y que es en “el fetiche mismo donde han encontrado cabida tanto la desmentida como la aseveración de la castración”.[3]

Entonces, con esos antecedentes, quisiera proponer a la discusión esta premisa: el “juego del a” no es El juego del calamar. Quizás conozcan esta serie surcoreana disponible en Netflix. Es tan radical su propuesta de igualar a los sujetos a su valor de cambio (ya es icónico el cerdito-alcancía colmado de los billetes que cada sujeto vale), que lleva a interrogar si el valor fetiche, valor de moneda que cada uno es, sigue respondiendo a la desmentida de la castración.

¿Es fascinación lo que ha producido esta serie, la más vista de Netflix con, al menos, 142 millones de espectadores? En el episodio 5 el líder a cargo de la orquestación del juego desestima las atrocidades, pero no admite que se transgreda el principio de igualdad ante el juego. Son juegos infantiles, cabe mencionar; el factor infantil tiene un lugar. No parece tratarse aquí del empeño perverso que aborda lo infantil queriendo liberar su goce de la ley del padre, como bien puntúa Hamann para la pedofilia[4] (aunque en la serie misma se presenta, al final y en un giro poco interesante, a un grupo VIP de perversos como gestores de todo el asunto). Diría lo siguiente: lo infantil en este juego surcoreano aparece más como una suerte de “El señor de las moscas”, no un orden del mundo desmentido por la transgresión perversa, sino un nuevo orden del mundo donde la ley pura y única no admite litorales; esto resulta afín a lo señalado por Lacan en “Alocución”, cuando acusa la segregación en que se confina al niño sacado de la carretera del lenguaje y su perspectiva de contornos.[5] En “El juego del calamar”: todos confinados a explotarse sin límites. Creo que no es fascinación lo que esta serie produce en los espectadores, más bien un efecto de incandescencia, esa incandescencia que, señala Miller, “refleja el ascenso irresistible, en la época, del deseo de segregación”.[6]

Si Lacan señala que al discurso capitalista lo caracteriza la Verwerfung de la castración [7] (no la Verleugnung, coordenada fetichista en Freud) quizás sea justo reconocer en la forma fetichista del amor actual, citada al principio, más bien un “sin amor”, y en el fetiche de hoy una radicalidad nueva.

Felipe Maino
NEL – Santiago


[1] Lacan, J., El seminario, libro 16, De un Otro al otro, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 260.

[2] Ibíd. p. 276.

[3] Freud, S., “Fetichismo”, Obras Completas, Vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 2000, p. 151.

[4] Hamann, M., “Pedofilia(s) y consentimiento”. Disponible en https://jornadasnel2022.com/blog/portfolio-items/pedofilias-y-consentimiento/?portfolioCats=12%2C14

[5] Lacan, J. “Alocución sobre las psicosis del niño” En Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012

[6] Miller, J-A., “Dócil a lo trans”, Lacan Quotidien, n°928, abril 2021.

[7] Lacan, J., Hablo a las paredes, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 106