Project Description

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“Pero el cuerpo ha de comprenderse al natural como desanudado de ese real que,
por más que exista en él en virtud de que hace su goce, le sigue siendo opaco.”
Lacan, La tercera[2]

Con miras a los ejes de trabajo de nuestras próximas Jornadas, me interesa situar tres registros posibles para pensar la desarticulación originaria /originante (hago un esfuerzo por transmitir que no se trata en modo alguno de ninguna fantasía genética) entre el cuerpo hablante y el ser sexuado: devenir un cuerpo/ tener un cuerpo/ equivocar un cuerpo.

Estas tres dimensiones no se comprenden sino a partir de una premisa que es a la vez una constatación fundamental del psicoanálisis: el cuerpo del viviente humano no es un dato de partida.

¿Qué quiero decir con esto?

El cuño, la marca del traumatismo originario -eso está en Freud- es apenas la huella de una ausencia, de una falta. Lo que impacta, lo que hace trauma y a la par agujero (trou-matisme, según Lacan), ni es la teta, ni es el significante que llega como tal, sino el vacío que ese significante, que puede ser cualquiera, cava; en la medida en que no lo dice todo -sobre la vida, sobre el propio origen, sobre la satisfacción, sobre el ser, sobre el sexo, etc. etc, etc -y, principalmente, no dice nada sobre lo que se siente en carne propia en ese instante; y, a decir verdad, no dice nada sobre nada, pero opera. O está supuesto a operar.

Encontramos, entonces, en el traumatismo originario un anclaje a la vida humana, y a la par, una ex–sistencia del sexo.

Un anclaje necesario, pero no suficiente. Porque hace falta que la “carne”, esa que siente y que se siente, tome cuerpo también, “a imagen y semejanza”.

Nos adentramos aquí en el delicado terreno de la imagen del cuerpo, que es una impronta, y el de la “semejanza”, que es simbólica.

En este “a imagen y semejanza”, incluso diría entre imagen y semejanza, encuentro una clave para aproximarnos a la clínica actual de ¿las sexualidades?, en todo caso a la de los padecimientos que giran en torno a, lo diría así, las “identidades + los cuerpos (-) sus goces”.

Lejos del mito de Narciso que se abisma en su fascinación, el momento constituyente del “espejo” no se agota en la imagen, hay libido en juego. Lacan tiene muy bellas palabras para describir ese instante dramático en el que “algo” se precipita para el viviente[3]; lo que está en juego es el acervo libidinal que hace posible la juntura de la carne con la vida, de la vida con el cuerpo, del cuerpo con el sexo y con la vida, etc.

Se trata, justamente, del empalme de la carne en una erótica que resulta fundamental. Inscribirnos ahí, en ese empalme, es lo que llamamos transferencia, y la condición sine qua non de nuestro acto.

Detenernos, caso a caso, en este particular detalle, el de la “talladura” de una imago -digamos, pre-sexuada es fundamental. Y también, diría, ubicar la “herida” libidinal cuando es el caso, e inventar, bajo transferencia, alguna sutura posible.

Patricia Tagle
NELcf – Lima


[1] La idea del cuerpo como lecho, a la vez surco y sedimento, me advino a partir de pensar que el cuerpo ex – siste a lo real, y es efecto del abarrancamiento, léase, de la erosión de lalengua. Sin duda el lecho eqivoca a lo sexual.

[2] LACAN, Jacques; “La tercera”, en Intervenciones y Textos 2, Bs. As. Manantial,2007, p. 89

[3] LACAN, Jacques; “El estadio del espejo como formador de la función del yo…”, en Escritos 1, Bs.As. Siglo Veintiuno, 2002 ps.92-93