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Por María Hortensia Cárdenas

Como se señala en el argumento de estas Jornadas, cada uno debe encontrar su manera de arreglárselas con el encuentro sexual en el que se ponen en juego los cuerpos. Quisiera introducir el tema desde Freud en “Análisis terminable e interminable”,[1] donde encontramos la raíz de lo que Lacan planteará ya sea como el malentendido entre los sexos, luego como no hay relación sexual y al final de su enseñanza como el régimen del goce como tal.

Freud, en el texto mencionado, que trata sobre las vicisitudes del análisis ‒después de hablar de la duración de la cura, de cómo hacer para que la cura dure, de las defensas del yo frente a la pulsión, de que siempre hay un resto pulsional, de la pulsión de muerte y más‒ llega a la conclusión de su desarrollo ubicando la roca final de la castración, que despliega en el octavo apartado de su argumento.

Ahí Freud introduce lo irreductible en el análisis ligado a la diferencia de los sexos que se articula al fracaso de la terminación acabada del análisis. También indica que este es un tema que, de manera especial, “da guerra al analista”.[2] El obstáculo mayor es el rechazo de la feminidad tanto para el hombre como para la mujer, pero con diferentes maneras de expresarse en cada uno de los casos. Para la mujer es la envidia del pene o Penisneid, que se manifiesta como la nostalgia de tener el órgano genital masculino, un deseo constante por tener lo que no tiene. Para el hombre se presenta como la protesta viril, la lucha contra su actitud pasiva o femenina en relación con otro hombre. Por eso en el hombre, Freud decide llamarlo rechazo de la feminidad y su consecuente esforzada aspiración a la virilidad.

Sin embargo, “el deseo del pene en la mujer y la revuelta contra la actitud pasiva en el varón” [3] no desaparecen y, ante la angustia de la castración, lo que ocurre en ambos casos es que cae bajo la represión lo propio del sexo contrario.[4] El narcisismo viril en el hombre y la reivindicación fálica en la mujer se sostienen del rechazo a la castración que se demuestra incurable en el análisis.

Pero para Lacan lo que se juega en todo este octavo apartado de “Análisis terminable e interminable” es la escena del fantasma, dice Miller en “El ser y el Uno”. [5] “La aspiración a la virilidad es de orden fantasmático”, es la exaltación fantasmática del falo que acompaña la recusación de la feminidad. Lo que se busca, no sin fracaso, es llenar la falla de la castración fundamental (-φ) en todo serhablante con un objeto de la pulsión (a). Es el carácter fundamental de la institución fálica del sujeto por el lado de un fantasma que, por cualquier ángulo que se lo aborde, es siempre un fantasma fálico.

Lacan pone en consideración que es posible destituir al sujeto de su fantasma fálico y decirle sí a la feminidad, en otras palabras, que renuncie al rechazo a la feminidad que lo afecta. Pone como ejemplo al analista en posición femenina, que es la posición analítica. Con lo cual enseña que no podemos ser analistas mientras estemos instituidos por el fantasma fálico.[6]

El semblante fálico del fantasma es un arreglo ante lo imposible de los sexos. Del acontecimiento de cuerpo que introduce un exceso imposible de nombrar, pasamos a recubrirlo de sentido con el fantasma y con eso construimos nuestra vida, es la hystoria (con y) que nos contamos para tener sentido. El fantasma intenta velar lo real de la no relación sexual y se arma de ficciones buscando volver posible lo imposible. Como dice Lacan en “La lógica del fantasma”: “…no hay otra entrada del sujeto en lo real que no sea el fantasma”.[7] Pero hay que ir más allá porque el atravesamiento de la pantalla fantasmática no resuelve la cuestión del goce.

Lo inefable de los sexos no tiene solución. Lacan se orienta por este impasse. En 1960 (en “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”) Lacan habla de “un goce envuelto en su propia contigüidad”,[8] para referirse al goce femenino, lo que quiere decir un goce que busca realizarse rebelde al significante. Dos años después retoma la angustia de la castración en juego entre los sexos cuando precisa que “si la mujer suscita mi angustia es porque quiere mi goce, o sea, gozar de mí… solo puede alcanzarlo castrándome”.[9] Da una vuelta más por las diferencias cuando dice: “…la mujer es mucho más real y mucho más verdadera que el hombre, porque sabe lo que vale la vara para medir aquello con lo que se enfrenta en el deseo, porque pasa por allí con la mayor tranquilidad, y porque siente, por así decir, cierto desprecio por su equivocación, lujo que el hombre no se puede permitir. No puede despreciar la equivocación del deseo, porque su cualidad de hombre consiste en preciar”.[10] Hay un goce velado en cada caso.

Las fórmulas de la sexuación dan cuenta de lo imposible de escribir de la relación sexual, designan el goce de cada uno, modos de gozar diferentes para cada sujeto que hace imposible la complementariedad sexual. La lógica fálica del lado macho de las fórmulas, que atañe a los seres sexuados, no dice todo del campo del goce. Desde el lado del goce suplementario femenino, hay un agujero que se escribe S(A/), lo que es sin nombre. Nos topamos con la imposibilidad de la representación y localización del goce más allá del falo. Ese más de goce del goce suplementario es en sí un menos de identidad sexuada, excede lo imaginario de la representación. No es fácil ubicar el sin límites del no-todo femenino que la hace Otra para siempre en su goce. Es el modo en que el goce afecta el cuerpo sin un órgano que la represente ni un ser que la defina.

Entonces, cada vez la mujer se confronta con la imposibilidad de reconocerse como mujer. Laurent plantea que “volverse mujer es la elección forzada de una particularidad”.[11] No son solo mujeres de género, hay la elección de una particularidad de goce y a partir de ahí ella se posiciona como tal. No hay cómo definirla a priori ni en conjunto ni una por una. Como dijimos, el fantasma fálico permite al parlêtre hacer lazo y armar la fixión fantasmática que vela el agujero traumático. Son los esfuerzos que hace cada uno para asumirse como ser sexuado y confrontarse a la extrañeza de habitar un cuerpo.

Pero el goce femenino deja de ser patrimonio de las mujeres. En su última enseñanza, el goce femenino es concebido por Lacan como principio del goce como tal, sin diferencia de sexos. Está articulado al troumatisme fundamental, al hay el Uno del acontecimiento del cuerpo, “residuo de la desconexión … última estación antes de lo real”.[12] Al hilo del obstáculo irreductible planteado por Freud, Miller concluye: “No hay relación sexual en lo real. En primer lugar, porque en lo real lo que impera es el Uno, no el dos. La relación sexual sólo florece en el ámbito del sentido y Dios sabe que sus significaciones son equívocas y variables”.[13]

En suma, se trata de particularidades de goce y significaciones equívocas y variables. Cada uno se las arregla así, como puede.


[*] Texto presentado en las XIV Jornadas de la NEL-Lima “Sexualidades contemporáneas: Sexo, política y segregación”, noviembre de 2021.

[1] Freud, S., “Análisis terminable e interminable”, Obras Completas, Vol. XXIII, Amorrortu, Buenos Aires, 1991.

[2] Ibíd., p. 251.

[3] Ibíd., p. 253.

[4] Ibíd., p. 252.

[5] Miller, J.-A., “El ser y el Uno”, Curso de la Orientación Lacaniana, lección del 9 de febrero de 2011, inédito.

[6] Ibíd.

[7] Lacan, J., “La lógica del fantasma”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 346.

[8] Lacan, J., “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”, Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, p. 714.

[9] Lacan, J., El Seminario, Libro 10, La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 196.

[10] Ibíd., p. 208.

[11] Laurent, É., El psicoanálisis y la elección de las mujeres, Tres Haches, Buenos Aires, 2016, p. 6.

[12] Miller, J.-A., El ultimísimo Lacan, Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 154.

[13] Miller, J.-A., “El ser y el Uno”, op. cit., lección del 16 de marzo de 2011.