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CITAS

EJE 1 – Infancias y adolescencias en el laberinto de la sexualidad

Lacan sitúa tres dimensiones en que el género se conforma:

  • a nivel de las identificaciones que se producen en el pasaje por los tiempos del Edipo, que dan la identidad autopercibida homo o hétero, y los rasgos simbólicos del objeto de atracción,
  • a nivel del objeto que se fija en el fantasma, que establece la satisfacción pulsional y posibilita un lazo de deseo y de goce con el objeto; esa elección no define la identidad autopercibida, pero sí define los rasgos de goce del objeto de atracción,
  • a nivel de la sexuación, que implica un posicionamiento en relación al goce fálico o al goce no-todo fálico, y que establece el modo de goce singular.

En esos tres niveles se configuran la sexualidad y el género a partir de las marcas contingentes y determinaciones que se producen en la infancia y también en la pubertad, pero lo que Lacan sitúa en relación al género es que los tres niveles no se articulan entre sí de modo unívoco: se puede tener una identificación masculina con un deseo homosexual, se puede autopercibir una identidad femenina en un cuerpo biológico masculino y sentir atracción por las mujeres, etc., es decir que los tres niveles identificatorio, electivo y de sexuación pueden ser paradójicos y contradictorios entre sí, lo cual conforma todas las dificultades que conocemos en la asunción de un género, el cual, en ningún caso, se asume sin dificultades.

La sexualidad se inserta en este cuerpo. Luego, el adolescente se enfrenta a la dimensión sexual de lo que era cuando era niño y que estaba señalado en modo binario, o niña o niño. Esta determinación, que a menudo imaginamos que es irreversible, adquiere un nuevo significado. (…) La diferencia entre los sexos no se establece a partir de la biología, pero sigue siendo una elección del sujeto. Puede haber toda una gama de posibilidades que Lacan llamó “La noción de par coloreado” que indica que “en el sexo, no hay nada más que, yo diría, el ser de color, lo que sugiere en sí que puede haber una mujer del color de un hombre, o un hombre del color de una mujer” [4]. El color no tiene más sentido, dice Lacan, que el que se abre a todas las posibilidades. Pero para estas identificaciones recientemente propuestas en el discurso, se hace eco del hecho de que la sexualidad siempre es traumática, y en esto, los comienzos de su implementación son de gran importancia para los seres hablantes.

La consecuencia de ello es que la sexualidad, ligada a los orificios del propio cuerpo, es esencialmente autoerótica, incluso si dichos objetos son situados en el Otro. Puede observarse el auge actual en el lazo social de discursos que someten a condiciones más estrictas al goce de un cuerpo por otro, mientras a un mismo tiempo la prohibición ancestral sobre la masturbación ha desaparecido. Hay un sí al fantasma, al motor del autoerotismo, y un no al acto. ¿Modifican la difusión del porno, el imperio de la imagen en las redes sociales, el acceso de los niños a la sexualidad? En caso afirmativo ¿cómo? Un mayor puritanismo ligado a una crudeza incrementada de las imágenes y a una liberación de las palabras ¿conduce a una modificación de la relación del sujeto a su (a)sexualidad? ¿Son los niños hoy más bien perversos polimorfos o más bien puritanos?

Brousse, M-H., (2019) “El agujero negro de la diferencia sexual”, en Freudiana No 87, RBA Libros, S.A., Barcelona, p. 45.

El psicoanalista para conducir la cura, ya no apuesta al padre para salvarlo afirmando, seguro de lo que dicta la ley y la norma, que sólo el Edipo daría las claves para saber arreglárselas con el amor y con el sexo. El Edipo “logrado”, que llega a su tercer tiempo de asunción simbólica, haría surgir un padre que da la orientación sexual y pondría fin a los extravíos del niño confrontado con el mundo exclusivo de la madre. El psicoanalista resulta mejor inspirado si, siguiendo al último Lacan, hace del padre un sinthome, es decir, una modalidad para estos pacientes de sostenerse en la vida. Por este aspecto, en efecto, “perversión sólo quiere decir versión hacia el padre”. Esta definición, presente ya desde nuestra introducción, quita radicalmente a la homosexualidad de la psicopatología de la aberración, a la que la psiquiatría se aferró por mucho tiempo; en el mismo movimiento la homosexualidad se sale también del Edipo como proceso de identificación, en el cual ciertos psicoanalistas creyeron leer la última palabra de un psicoanálisis.

Hervé Castanet, (2016) Homoanalizantes: homosexuales en análisis, Grama, Buenos Aires, p. 174.

Esto justifica un paréntesis para retomar los desarrollos de psicoanalistas de la Diagonal Hispanohablante de la Nueva Red Cereda (Carretel 5) cuando se preguntan “¿Cómo adviene el sexo a los niños?” Son tres las referencias que encuentran en la teoría psicoanalítica:

1-La vía de la identificación: “El sexo viene al niño por medio de la identificación que, a su vez, reunifica las pulsiones polimorfas” Para la niña, el camino a ser mujer se hace por identificación a la madre. Para el niño, a ser hombre, por identificación al padre.

2-La segunda vía, la del falo, en tanto significante que nombra el sexo: “Sexualizarse tiene que ver con asumir la incidencia del falo según dos modos: dejar de serlo para tenerlo y poder servirse de él en el caso del niño; dejar de serlo para recibirlo, en el caso de la niña.”

3-Esta tercera opción ya no se hace a partir del Otro como simbólico sino a partir de una elección de goce que, tal como lo mencionamos más arriba, será goce fálico o goce del Uno para el lado masculino y Otro goce- que Lacan ubicará como suplementario- para el lado femenino. “Otro goce para aquel que no está tomado totalmente en la función fálica.

Dicker, S., (2004) “Contingencia y elección. Un ensayo sobre el encuentro temprano con lo real del sexo y la decisión del ser” en Metaphora número 3, GEPG, Guatemala, Guatemala, p 8.

Identificándose entre ellos como informados, creyendo disolver con eso lo que les preocupa, [los adolescentes] no saben arreglárselas con la falta que les abriría la puerta del deseo. Inmediatamente algunos rechazan la presencia del Otro, que juzgan demasiado exigente y que embrolla su modo de pensar. Queriéndose diferenciar a cualquier precio, no dudan en arriesgar sus vidas para mostrar su deseo de ser reconocidos como auténticos; es decir, nuevos y modernos. De ahí su rechazo de lo que venga del mundo adulto, que juzgan demasiado viejo y perimido. Hablamos de sexualidad.

Phillipe Lacadée, (2012) “Si los adolescentes son nuestro porvenir, entonces ¿qué transmisión?”, en Adolescencias por venir, Gredos, Barcelona, p. 67.

La sexualidad, más que hacer sentido, hace agujero en lo real, y él se presentifica en el tiempo de la pubertad. Un defecto en la inscripción simbólica desnuda, de manera dramática, esta coyuntura. Los desencadenamientos en la adolescencia testimonian que el estatuto mismo de la infancia protege al sujeto de las eclosiones.

Silvia Ons, (2020) El sexo del síntoma, Grama, Buenos Aires, p. 39.

…en el Manuscrito G, dice Freud que la neurosis alimentaria paralela a la melancolía es la anorexia: “La famosa anorexia nerviosa de las niñas jóvenes me parece una melancolía en presencia de una sexualidad no desarrollada…Pérdida de apetito en lo sexual, pérdida de libido.

Silvia Ons, (2020) El sexo del síntoma, Grama, Buenos Aires, p. 37.

Creo que sólo se puede comprender qué hay en juego en la voracidad materna si introducimos algo que Lacan desarrolló en su última enseñanza: por más que una madre aspire a que su infans resuelva el enigma de su feminidad y le asegure su sexuación, este infans, -sea del sexo que sea- no podrá saturarlo todo en la mujer que ella es. No podrá, porque ella, en tanto mujer, está no-toda en la función fálica.

Mi propuesta, siguiendo a Lacan, es que la voracidad materna es un índice del sin-límite femenino; y ahí el goce fálico que conlleva la maternidad tiene el valor inestimable de producir un cierto freno al goce propiamente femenino.

Marta Serra Frediani, (2021) El psicoanálisis en singular, NED ediciones, España, pp. 68-69.

La cuestión relativa al enigma del deseo y fundamentalmente del deseo sexual se despierta en cada niño cuando el niño hace la experiencia de sus primeras excitaciones sexuales, es decir, cuando en su propio cuerpo, no importa de qué sexo se trate, experimenta un goce que hace irrupción como siendo algo insensato, extraño, enigmático, fuera de sentido. El cuerpo del niño se goza, una parte de su cuerpo es súbitamente raptada, transportada por un temblor de goce. El enigma de este goce aparece correlacionado para el niño a la oscura opacidad del deseo. Al no encontrar un sentido a la cosa insólita que se le impone a partir del cuerpo, se lanzará en una búsqueda que será el motor de un querer saber. Es lo que Freud descubre y avanza: el deseo de saber se arraiga en el enigma del deseo sexual. Puede ocurrir que ésta misma situación se revirtiera en un no querer saber radical.

Sabemos el desarrollo que Freud dio a la sexualidad infantil y esos momentos de fijación que identificó en ella. En su curso “El uno solo”, Jaques-Alain Miller toma en serio esta noción freudiana de fijación de la pulsión en cierto punto, reduciendo este concepto al Uno de goce real.

Siempre hay, para cada uno este encuentro “como por azar” que Lacan califica de tyche y que en el encuentro con el otro adquiere los colores del sexo. Este encuentro nunca sale bien. Es lo que quiere decir la fórmula de Lacan “no hay relación sexual”, o como dice Miller “el goce del cuerpo del Otro sexo, tiene el privilegio de estar y especificado por un atolladero”.

El fantasma reviste para cada uno este punto de fijación y este lazo imposible. El sujeto se construye así, desde la infancia, un velo sobre ese real que ha surgido para él. Es a la vez una ventana a lo real y una pantalla. Entonces, allí ve y también puede no ver.

Alexandre Stevens, (2021) “Del fantasma al desgarro”, en Revista Lacaniana de psicoanálisis #29, EOL, Buenos Aires, p.119.

EJE 2 – Posición sexual y la extrañeza de habitar un cuerpo

En el fondo, caídas las identificaciones, la fuerza viril, todo lo que sostenía la religión del falo, ¿qué queda? Queda el hueco, el hueco del ser que cada uno puede revestir entonces a su manera, el sinthome es una de ellas, no la única. Cada uno puede encontrar su manera de vestir el hueco.

Este es el carnaval producido por el análisis: cada uno vistiendo su hueco sintomáticamente, como mejor sabe y puede.

Lo importante es saber que el aval de todo eso no viene por el vestido. El aval viene por la carne.

En eso es carn-aval.

Anna Aromí, (2018), Carnaval, en Elecciones del sexo, RBA Ediciones, Barcelona, p. 273

En el contexto del psicoanálisis los “hombres” y las “mujeres” son —y sólo son— seres de discurso. Es así como el psicoanálisis aborda lo que en otros discursos es llamado “el género”. Es posible desarrollar esta proposición recordando que Lacan definía el lazo social como discurso.

El discurso es un auténtico instructivo de un goce prescrito válido para una sociedad determinada en una época dada. Está hecho de restos arqueológicos de enunciados de una lengua, elaborado a lo largo del tiempo a partir de estos estratos. En el discurso resuenan todos estos aportes sucesivos, a veces contradictorios, siempre heterogéneos. Así hombres y mujeres en un análisis de orientación lacaniana, son semblantes y no tienen otro ser que el del lenguaje, es decir de la falta-en-ser. Un déficit del ser esto es lo que caracteriza al ser sexuado.

Marie-Hélène Brousse, (2020) Lo femenino, Tres Haches, Buenos Aires, p.143

Toda la enseñanza de Lacan aborda la cuestión de la diferencia sexual en los parlêtres no a partir de la naturaleza, sino del lenguaje y el sujeto. Este cambio radical de punto de vista diferencia al falo del pene, al significante del órgano pues, y culmina en el Seminario 20, Aun. Al pasar del sujeto al cuerpo hablante, la diferencia deja de estar organizada por el orden binario y cede su puesto a una oposición entre el todo, que incluye a todos los seres hablantes cualquiera que sea su género, y el no todo, que justamente ya no permite consistir a la diferencia binaria.

Marie-Hélène Brousse, (2019) “El agujero negro de la diferencia sexual”, en Freudiana No 87, RBA Libros, S.A., Barcelona, p. 37

Siguiendo a Lacan, podemos decir que si algo caracteriza a la sexualidad femenina es la condición de una fuerte adherencia en el registro de lo real, donde este Otro goce se topa con un litoral que queda por fuera de la representación simbólica S(/A), que produce el agujero. Frente a la ausencia del significante que venga al lugar de lo que es una mujer, ¿cómo los semblantes y la mascarada podrían servir de apoyo para bordear lo real como imposible?

Constatamos que los semblantes, que pretendían orientar al sujeto en un orden universal no alcanzan, haciéndose así necesaria una operación que dé lugar a “…una manipulación de semblantes, que estén armados de algún modo en lo real”. Al referirnos a la relación sexual que no hay, lo que hay es semblante. “Se hace algo con nada y cuando esto ocurre tiene efectos en lo real.

Luisa Aragón , (2019) “Mascarada femenina y semblante: Mutaciones de la feminidad” en Cuadernos del INES #14, Grama, Buenos Aires, p. 51.

El sexo es como un teléfono roto del que no podemos abstenernos, ni siquiera allí donde nos pensamos como abstinentes. Y el problema no es que está roto sino que funciona así. Lo mismo podríamos decir del síntoma, y por eso la sexualidad humana tiene un carácter esencialmente sintomático. La idea de un aparato al que compulsivamente se recurre para establecer una relación que se ve obstaculizada por el recurso al aparato mismo nos remite a la función del falo en el sistema del significante y su incidencia en la relación entre hombres y mujeres.

Marcelo Barros, (2020) La condición femenina, Grama, Buenos Aires, p. 40.

Para Freud la sexualidad distaba mucho de ser una mera práctica corpórea; tampoco los enigmas de la homosexualidad se resolvían con la idea de un alma femenina en un cuerpo masculino y viceversa. La identificación de la virilidad con la actividad y la feminidad con la pasividad, incluso la constatación de una bisexualidad estructural, hasta los singulares avatares del complejo de Edipo resultaron también insuficientes para ceñir lo que acabó nombrando como “la roca viva de la castración”, una vez entreabierta la pantalla que arrojaba las primeras luces en el Dark continente, a sabiendas de que su herejía le granjearía la hostilidad de las feministas, como efectivamente sucedió.

Vilma Coccoz, (2017) “Freud, siempre herético, siempre ortodoxo”, en Revista Lacaniana de psicoanálisis # 23, EOL, Buenos Aires, p.110.

Y eso es lo que encontramos en el Marqués de Sade. Hay una posición ética en el sadismo que le hace trascender la posición de libertino o de autor erótico para elevarlo al estatuto de alguien que sostiene una concepción imperativa de goce, incondicional, transgresiva, no limitada por el interés vital. El “Divino Marqués” condena los pequeños placeres fundados en el confort. Por el contrario, exige una suerte de forzamiento, un más allá del bienestar, allí donde no hay cuidado por la supervivencia para ninguno de los protagonistas, víctima o verdugo. Único modo de hacer valer el carácter absoluto de la maldad del goce, no por placer sino porque debe ser. Deber que va más allá de los intereses vitales; deber más grande que la vida y el placer. Deber que es puro imperativo. Ese es el goce sadiano.

Susana Dicker , (2003) “El goce en el Marqués de Sade” en Metaphora, número 2, GEPG, Guatemala, p. 19.

Eso que Lacan llama troumatismo, agujero en lo real, tiene otra cara que rescata la etimología: truco del sujeto, recurso que por la vía del inconsciente tomará forma de síntoma encargado de velar lo traumático del encuentro pero, a la vez, lo fijará como inolvidable. De allí la apertura a la repetición, aferrada a una huella que dará dirección a los próximos encuentros, soportados siempre por el fantasma. Reedición y actualización, cada vez, de una escena fantasmática que permite la articulación entre significante y goce. Argumento que permite que lo elaborable del goce- ese objeto, pequeño a- se aloje en el compañero sexual.

Susana Dicker , (2004) “Contingencia y elección. Un ensayo sobre el encuentro temprano con lo real del sexo y la decisión del ser” en Metaphora número 3, GEPG, Guatemala, Guatemala, p 12

Qué bueno que mencionas lo de la Miss transexual. En el Seminario 19 Lacan toma al transexual, es importante que volvamos a pensar lo que dice Lacan. El transexual confunde el significante –que es el significante fálico- con el goce. Entonces, podemos retroceder a “Ideas directivas…”, donde si no se ha realizado todos los tiempos importantes de la elaboración con el significante fálico, tenemos esta deriva sexual de la época, donde el transexual confunde el órgano con el significante y el modo de goce con el mismo significante fálico, a eso Lacan lo llama el “error común”. El “error común” que se vendría a solucionar vía corte del órgano, porque en la sexualidad humana siempre estamos mal en ese cuerpo. La solución transexual es una solución que va en contra de la relación del significante fálico con el goce. Es interesante como la época nos muestra la vigencia del significante fálico. El significante

Ángela Fischer , (2019) “No-todo es faro” en Cuadernos del INES #14, Grama, Buenos Aires, p. 43.

Sí mi análisis terminó con una nueva perspectiva del significante separación, fue la de haber podido separarme de ese Otro que yo había construido, asumiendo lo imposible de la garantía de cualquier mano.

Hoy para ponerme en marcha es todavía necesario atravesar un resto de angustia. Sin embargo, con respecto a lo que era mi angustia de antes, sin límites y desbordante, la solución sinthomática me permite bordearla. Mi solución “no todo en una misma” cosa pone en serie las partes que antes eran un todo de un mismo bloque, admite cortes, diferencias y contradicciones. Ser “no toda Una” me autoriza a hacer, en mi estilo y a mi manera, preservando el agujero.

Victoria Horne-Reinoso, (2021) “Lo insoportable de la angustia”, en Bitácora Lacaniana #9, Grama, Buenos Aires, p. 176.

Esta prostitución a medida se sostiene en el uso del propio cuerpo para generar dinero, sin rendirle cuentas a nadie y bajo ciertas condiciones solo establecidas por la misma emprendedora.

Recordando el concepto de adolescencia como síntoma de la pubertad presentado por Alexandre Stevens, se puede pensar este modo de prostitución como respuesta/defensa ante lo real de la pubertad ante la falta de saber sobre el sexo. Respuesta sostenida en el mercado y objetos de la tecnociencia. Las adolescentes se “enamoran” de la notebook. Empujadas a un más de goce por el imperativo del superyó pareciera que ellas así pueden escamotear las cuestiones del amor y del deseo. En el Seminario 20, Aun, Lacan ubica al amor como aquello que hace condescender el goce al deseo. El amor como medio de reconexión al Otro. Por la castración, dice, el sujeto irá a buscar el objeto a en el Otro. Martina y Josefina obturan ese camino, el de su propia castración, con los objetos gadgets, gozando de ellos; pero a la ve quedan en el lugar de objetos a ser consumidos.

Alejandra Koreck, (2015), “Una prostitución a medida”, en Enlaces # 21, Grama, Buenos Aires, p. 52.

El espectro hipermoderno del goce renueva sus desplazamientos “de la cosquilla a la parrilla”. De un lado la cosquilla: el avance mediático del goce sexual – el “todo para ver” de la pantalla omnivoyeur – recaptura la implosión del género en sus variaciones (gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, inter-sexuales…) transformando en comedia la desigual lucha por los derechos de las minorías sexuales, ridiculizando sus demandas de reconocimiento social, a partir del panóptico chismorreo de la sociedad del espectáculo.

Por el otro, la parrilla: criminalidad real ejercida sobre cuerpos degradados, en la pendiente que va desde los caídos del mercado hasta el exterminio repetido en la denominada “violencia de género”, que hace par con las – cada vez más frecuentes- muertes por sobredosis adictivas de los jóvenes producidas por las más sofisticadas drogas de diseño combinadas con alcohol.

Ernesto Sinatra, (2020) Adixiones, Grama, Buenos Aires, pp. 73-74.

Otro efecto de la lalengua sobre el cuerpo es el efecto de no-relación. Este efecto de la lalengua se encuentra en oposición a la articulación del lenguaje. Los efectos del lenguaje se declinan en el eje del lazo de la relación de un significante con otro significante; lazo o articulación de la cual resulta un efecto de sentido. El efecto de no-relación de lalengua presentifica, por el contrario, el fuera de sentido y el fuera de lazo. El efecto de no-relación caracteriza según Lacan a lo Real como imposible escritura, para los seres hablantes sexuados, de la relación con el Otro sexo. En consecuencia, el efecto mayor de lalengua sobre el cuerpo es la pérdida de toda orientación guiada por un saber instintivo con respecto a lo sexual. Por lo tanto, los seres hablantes son seres enredados y condenados al fracaso en lo que respecta a lo sexual.

Esthela Solano-Suárez, (2018), “Las mujeres, el amor y el goce enigmático”, en Mujeres, una por una, Eldar, S., (compiladora), Gredos, Barcelona, p. 80.

…se presenta un caso de una exhibición como perversión transitoria en un joven que intenta por primera vez una relación real con una mujer colocándose en una posición de ir a mostrar de qué es capaz. Se entrega luego a una exhibición que consistía en mostrar su sexo frente al paso de un tren internacional. En lo simbólico está la frase de mostrar “de qué soy capaz”, y mostrar su performance sexual con la mujer, pero se produce luego una degradación a lo imaginario en la perversión transitoria. Dice Lacan: “Su exhibicionismo es tan sólo la expresión o la proyección en el plano imaginario de algo cuyas repercusiones simbólicas él mismo no había comprendido del todo, a saber, que a fin de cuentas el acto que acababa de realizar no era sino el intento de mostrar – de mostrar que era capaz como cualquier otro de tener una relación normal.

Silvia Elena Tendlarz , (2011) “Perversión”, Grama Buenos Aires, p. 45.

“Lo peor es sentir que te estás perdiendo todos esos sentimientos que supuestamente deberías tener y fingir que los has tenido”, dijo Ian. Le hablé de mi propia sexualidad, le dije cómo, a falta de atracción física y sexualidad, había aprendido a fingirlas y representarlas. Y cómo, en ausencia de cualquier sentimiento corporal interior con el que eso se conectara, había aprendido a funcionar con ello. […] “Nadie habla de cosas como éstas”, dije, “la gente sabe acerca de la homosexualidad o el temor a la sexualidad, también de la decisión de no tener sexo, pero no pueden imaginarse su ausencia.

Donna Williams, (2012), Alguien en algún lugar. Diario de una victoria contra el autismo, NED Ediciones, Barcelona, pp. 251-252.

EJE 3 – Elección de objeto ¿qué se elige?

El psicoanálisis… hace del apareamiento sexual, sea cual sea su forma, el vínculo de goce que viene en lugar de lo que hace impasse en el significante y que siempre lo hará, sean cuales sean las inclusiones sutiles con las que intentemos convencer. Con esta doble lectura, a nivel del significante y a nivel sexual, Lacan hace del impasse una solución. Es lo que Jacques-Alain Miller ha extraído como teoría del partenaire-síntoma. Supone dos maneras de leer la relación que no hay.

Éric Laurent, (2020) “Observaciones sobre tres encuentros entre el feminismo y la no relación sexual”, en Acontecimientos ¿El psicoanálisis cambia? ¿Qué es lo nuevo?, Grama, Buenos Aires, p. 89.

En efecto, podríamos hablar de dos vías por las cuales la sexualidad se impone al sujeto hablante. De un lado, la sexualidad se introduce en el sujeto por medio del lenguaje, pero a partir de lo real de la diferencia de los sexos, que es definida por el “dos”, por la metáfora paterna y entonces un solo significante, el falo. Dos sexos, pero cada uno permanece como uno. No hay fusión, sólo universalidad fálica y el sexo que permanece como Otro. Del otro lado, esa parte de goce que resulta de la marca resultado del significante, un que se presenta como una hiancia entre los dos, que se separa el Uno del dos –un abismo, dice Lacan, que implica una posibilidad simbólica en lo concerniente al sexo, imposibilidad de dar cuenta del mismo por medio del número, que es, sin embargo, la única vía de acceso humano a lo real.

Marie-Hélène Brousse , (2003) Posición sexual y fin de análisis, Tres Haches, Buenos Aires, p. 25.

La no-relación sexual define un real imposible y universal, ya que, para todo ser hablante, la relación con el partenaire no cesa de no escribirse; por lo tanto, en la trama de lo simbólico este imposible es un tope real. Toda asociación que busque desentrañar el sentido de un sueño rodeará este tope sin tocarlo, no porque el sujeto se niegue a reconocer lo que hay allí, sino porque no hay significante que lo roce. El ombligo del sueño señala, como dice Lacan, “el abismo simbólico mayor, la falta simbólica” y es asunto de imposibilidad, no de resistencia, ya que allí se desvanece el sujeto mismo. Ese agujero en la trama inconsciente se debe a la singularidad de la escritura de ese significante: ninguno lo nombra.

Lacan afirmará en “El atolondradicho” que es heterosexual quien ama a las mujeres, sea hombre o sea mujer, es decir quien la ama en tanto enigma, en tanto síntoma encarnado. La mujer encarna un síntoma como lo que no anda en la medida en que condensa un “goce fuera de cuerpo para otro cuerpo que no es el suyo” . Ese goce es radicalmente hétero, lo Otro es un goce que hace agujero y presentifica lo real imposible.

Ricardo Aveggio , (2019) “Del goce femenino al goce del cuerpo ¿Qué implicancias para la sexuación?” en Cuadernos del INES #14, Grama, Buenos Aires, p. 55.

Sexos diferentes. ¿Qué significa eso? ¿Qué estatuto tiene esa diferencia? El primer juicio que emitimos ante otro sujeto, nos dice Freud, es el de si se trata de una mujer o de un varón. Lacan sostiene que el destino de los seres hablantes es repartirse entre hombres y mujeres, aunque no sin advertir que no sabemos lo que son el varón y la mujer. La diferencia que los separa, esa espada que duerme entre ambos, trae consecuencias decisivas para el destino de cada uno de ellos y para el fruto de su equívoca unión. Sus efectos ocupan esencialmente a la experiencia analítica como factor perturbador en todo vínculo, incluso donde la elección de objeto es homosexual o para quien pretende no amar a nadie más que a sí mismo, como en el delirio megalómano. Hasta en el ideal andrógino y la reivindicación de múltiples sexualidades alternativas, que mal disimulan la promoción del sexo único, está presente, porque se trata de la pretensión narcisista de ser el falo. Ella se opone a una ley de castración que determina la repartición de modos de goce –no de roles, ni géneros- y que impugna la ilusión de autodeterminación, tan cara al capitalismo y la sociedad liberal.

Marcelo Barros, (2020), La condición femenina, Grama Ediciones, Buenos Aires, p. 38

Digamos entonces que lo femenino como alteridad irreductible a la lógica significante de los géneros y de las identidades sexuales reordena cada vez de nuevo todo su campo marcando el paso, siempre a contrapié, en su baile de máscaras. Estas identidades se multiplican hoy en una serie que tiende al infinito. Facebook propone hasta 54 opciones para definir el género “personalizando” para un sujeto que ya tenía cierto trabajo con las dos clásicas (masculino/femenino): “Trans”, “trans femenino”, “trans masculino”, “transgénero”, “transexual”, “transgénero femenina”, transgénero masculino”, “trava”, “travesti”, son algunas de las opciones a las que se accede cliqueando solo la letra T. Sorprende que en la profusión de géneros, donde siempre hay un “más uno” posible, la diferencia masculino / femenino subsista como irreductible. Parece que, por muchas variaciones que se intenten, la cosa no puede dejar de jugarse entre “ellos y ellas”.

Miquel Bassols, (2017) Lo femenino, entre centro y ausencia, Grama, Buenos Aires, pp. 57-58.

La naturaleza y estructura de la elección de objeto no viene entonces definida por el “género” del objeto en cuestión. En realidad, veremos que para Lacan el objeto, en su estructura más íntima y fundamental, es siempre el objeto a-sexual. No son los caracteres secundarios del objeto, como se suele decir, los que definen la estructura de la relación, la posición de goce del sujeto, sino lo que Lacan llama aquí, de un modo tan sutil como evocador, “la exigencia del estilo del deseo”. Y, en efecto, hay que recorrer el texto de En busca del tiempo perdido para situar este rasgo de estilo del deseo y del goce de Marcel Proust que define las condiciones de su elección. Se puede comprender entonces que es posible para un hombre elegir una relación homosexual con alguien del género opuesto.

De hecho, parte del problema puede entenderse si diferenciamos dos modos gramaticales de la clásica expresión: “elección de objeto”. Existe la “elección homosexual de objeto” o bien la “elección heterosexual”. ¿Dónde recae el rasgo del adjetivo calificativo? Lo que define la posición del sujeto no es la naturaleza del objeto, sus caracteres de género, sino la posición de goce que el sujeto sostiene con respecto a este objeto.

Miquel Bassols, (2017) Lo femenino, entre centro y ausencia, Grama, Buenos Aires, p. 59.

La maldición sobre el sexo es el destino que prepara el inconsciente, porque en el inconsciente hay únicamente un significante para decir el sexo, no dos. Este significante es el falo. El inconsciente sólo conoce el goce fálico, pero el goce fálico no permite definir a la mujer como diferente del hombre, por eso decimos que el inconsciente dice mal el sexo, y cuando queremos expresar lo que sexualmente nos vemos obligados a recurrir al lenguaje de la pulsión. Pero la pulsión es a-sexuada, su color sexual es color de vacío, no expresa la diferencia entre los sexos.

Araceli Fuentes, (2016) El misterio del cuerpo hablante, Gedisa, Barcelona, p. 124.

El psicoanalista no desconoce ese proceso de mutación que incide sobre las identidades sexuales, ni tampoco es negligente respecto al hecho de que el discurso del Amo por medio de sus diversos dispositivos históricos busca producir y codificar nuevas representaciones y nuevos trayectos para la diferencia entre los sexos. El psicoanalista sabe también que toda y cualquier tentativa de estratificar, de jerarquizar y dar prioridad a una práctica sexual sobre las otras es un procedimiento que se inscribe bajo las órdenes del discurso del Amo.

No se puede sin embargo olvidar que tanto el heterosexual como el homosexual, la lesbiana o alguna otra identidad sexual emergente, constituyen respuestas sintomáticas a lo real relativo al imposible de las relaciones entre los sexos. Esas identidades no son sólo semblantes construidos por los dispositivos del saber-poder, porque es preciso admitir que la tensión estructural entre un significante amo y la modalidad específica del goce resulta algo particular, de algo que remonta el trayecto único de los descaminos paradojales de la vida pulsional de un sujeto.

Jesús Santiago, (2012) Nuevos modos de goce, Babel Editorial, Córdoba, pp. 28-29.

Para el psicoanálisis, la propagación de los efectos de esas nuevas normas de la homosexualidad, adquieren otras consecuencias. De acuerdo con Miller, esos efectos inciden sobre el propio discurso analítico, ya que la homosexualidad masculina constituye uno de los caminos indirectos, para aprehender lo que es la reelaboración lacaniana del goce “no-todo”, inherente a la sexuación femenina.

La cura psicoanalítica se orienta por aquella insondable decisión en la que el sujeto eligió su participación en la diferencia de los sexos, sabiendo que esa elección no respondía a ninguna normalidad previa. No existe la norma sexual; o menor: la norma del sexo no cesa de no escribirse del todo. El Otro que dictaría una buena elección sexual que no existe.

Antoni Vicens, (2015) Introducción, en Elecciones del sexo, RBA libros, Barcelona, p. 8.

ANEXO